martes, 22 de mayo de 2018

Restaurante Barbacoa

Además de borrar restaurantes de mi lista, de vez en cuando también me gusta acudir a restaurantes más tradicionales, de esos que vas con la familia al completo y que repites una y otra vez. Y eso es buena señal, es el mejor indicativo de que se come bien.

Ese es el caso del Restaurante Barbacoa de Monserrat. Un local muy espacioso al que acudir (previa reserva, siempre) para comer carne o verduras a la brasa, entre otros manjares.

En nuestro caso siempre pedimos lo mismo como entrantes: ensalada, jamón y queso, y sepia a la plancha.




La ensalada, muy completa. El plato de jamón y queso, correcto. Y la sepia, muy tierna y buena. 

En cuanto a principales, esta vez no pedimos el típico embutido, sino chuletas de lechal y un conejo a la brasa.



No sobró nada. Se nota el sabor "braseado" en el punto de la carne, que tanto en el cordero como en el conejo era el correcto.

Acompañamos ambos platos para compartir con dos fuentes de patatas fritas que son, sin duda, de las mejores que he probado. 


Además de carne, hay bandejas de verdura a la brasa, arroces y su famosa sopa de fideos.


En cuanto a los postres, recuerdo cuando los típicos eran la naranja y el limón congelado, ¿os acordáis?. También es muy tradicional la tarta de Santiago y la fruta de temporada. No hice fotos, pero pedimos fruta, natillas, tarta de queso...

En definitiva, es un restaurante tradicional, que no se ha preocupado por innovar porque consigue, cada fin d semana, colgar el cartel de completo. 

viernes, 18 de mayo de 2018

Platero Utopic Food

Ya está. Ya la he encontrado.Ya sé que hay una hamburguesa de pollo más buena que la de Mediterránea de hamburguesas. Y eso que lo sabía. Sabía que cuando chafara Platero Utopic Food me iba a quedar con ellos. Por que ya salí encantada de Macel·lum y Come & Calla, los otros restaurantes de Alejandro Platero.

Por unas cosas u otras, nos ha costado ir, pero al final el sábado reservamos mesa y acudimos. Llegamos 10 minutos más tarde y aún tuvimos que esperar otros 10 minutos a tener la mesa lista. Y es que el restaurante solo tiene 4 o 5 mesas (la mayoría, altas). El propio Alejandro Platero nos ofreció unas cervezas para amenizar la espera. 

Pronto nos sentamos y pudimos ver la carta. De entrantes, uno lo teníamos claro: nachos. Ya nos habían hablado de ellos... 


Con crema de queso, queso fundido, jalapeños, pico de gallo, guacamole y pulled pork. Espectaculares.

Después pedimos buñuelos de bacalao gratinado y crujientes de queso gouda con mermelada de jalapeño.



Los buñuelos tenían un sabor cítrico diferente. Los crujientes de queso no los probé, pero me dijeron que estaban buenos, pero nada del otro mundo.

En cuanto a los principales, yo me pedí una hamburguesa Pollito-Pío. Muslo de pollo de corral a la brasa (también podía ser hamburguesa de pollo crujiente), salsa tártara y lechuga (la original llevaba también cebolla fresca).


Muy muy buena. El pollo estaba muy tierno. Y la salsa, perfecta. El único pero: las patatas (tipo Deluxe) estaban excesivamente saladas.

Esta es la Utopic, una hamburguea de buey de 200 g, doble queso chédar, bacon ahumado artesano, cebolla pochada, cebolla crujiente y salsa Utopic:


Un poco "gorrina", pero muy buena de sabor. Tanto por la mezcla de ingredientes como por la carne de buey.

La costilla de ternera (cocinada a fuego lento, con paciencia para que quede muy tierno), estaba tal cual dictaba la carta: tierna y sabrosa, aunque con bastante grasa.



El Smoke Brisket era pecho de ternera curado en salmuera 3 días, especiado y ahumado con madera de manzano y haya en carbón de encina. La carne estaba más seca que la costilla. Aun así, la combinación con el pico de gallo era muy buena.


Estos dos platos también iban acompañados de una bandeja de patatas tipo Deluxe.


De postre escogimos la tarta de queso con dulce de leche y el coulant de chocolate con crema de leche y frutos rojos especiados.


La tarta de queso sabía mucho a queso. Estaba recién hecha y se notaba. Para los amantes de esta tarta, era de 10. Para mí, demasiado fuerte de sabor.


El coulant estaba buenísimo. Sobre todo, mojado en la crema de leche. Me encantó.

En definitiva, salí con muy buen sabor de boca. Y me quedé con ganas de probar otros platos. Así que... ¡volveremos!


lunes, 14 de mayo de 2018

Esta vez... sí

En esto de las carreras populares puedes controlar los entrenamientos, tu alimentación, el recorrido de la carrera, los avituallamientos… puedes tenerlo “todo” bajo control e ir muy preparado… y que todo vaya según lo previsto. O no. Porque hay cosas que no puedes  controlar, por mucho que quieras.

Una de ellas es el tiempo. Puede llover, hacer calor, frío, viento… O puede salir un día como el del sábado pasado: Calor y viento. O sea, “ponentà”, que se dice por aquí.

También se dice que hay que descansar bien la noche anterior. Pero si tu hija decide a las 5 de la mañana que ya ha dormido suficiente…

En este contexto me enfrenté el pasado sábado a la 36 Mitja Marató d’Alcàsser. La tercera que corría en mi pueblo. Este año mi objetivo era muy ambicioso: bajar de la hora y 45. No me importaba no subir al podio (el año pasado me llevé trofeo pero me perdí la entrega). Quería conseguir lo que se me resistió por 30 segundos en el Mundial de Medio Maratónde Valencia.

Los días previos estaba muy nerviosa. Hasta el jueves no sabía con quién iba a correr. Al final se apuntó Rober, mi compañero de fatigas y carreras, y Sonia, una buena amiga y compañera del club de atletismo que corre al mismo ritmo que yo. El saber que iría con ellos me tranquilizó. Aun así, me sentía con una gran responsabilidad, no sé por qué, quizá porque aleatoriamente me había tocado el dorsal número 1. O porque el objetivo era muy ambicioso.

Llegaron las 19 horas. Seguía haciendo mucho calor. Y las rachas de viento cada vez eran más intensas. Ya en el primer kilómetro me di cuenta de que íbamos a sufrir más de lo normal. En el segundo ya vi que el sub1h45’ iba a ser prácticamente imposible. Garganta seca, piernas cargadas y unos prácticos de 1h45’ que iban a un ritmo más alto del que tocaba. Pasó por mi mente, incluso, retirarme. Pero en cuanto salí de la población me vine arriba. No iba a hacer Mejor Marca Personal, pero iba a intentar disfrutar de la carrera. La alegría me duró 3 kilómetros. Lo que tardó en hacer acto de presencia el viento fuerte. Bajamos el ritmo sin querer, pero aguantamos.


Nos echábamos agua y bebíamos en cada avituallamiento, pero el calor era sofocante. Cada vez costaba más. Así que, sin hablarlo, volvimos a bajar el ritmo hacia el kilómetro en el kilómetro 16. Y eso que habíamos hablado que a partir del 13 quien quisiera tirar, lo hiciera. Pero no, seguimos juntos. Hasta el final. Entramos al pueblo exultantes. No conseguíamos el objetivo, pero sí superar un medio maratón muy duro.


A 80 metros de la meta yo ya tenía mi primer premio. Rafa me esperaba con Lucia en el carro para, como el año pasado, entrar con ella en meta. Lo hizo emocionada. Tanto como su madre. Sonia y Rober, uno a cada lado, cruzaban conmigo la línea de meta.


1:46:20. Tercera y cuarta de nuestra categoría, Sénior Femenina, segunda y tercera local. El sistema informático quiso que Sonia “entrara” por delante de mí. Pero eso es lo de menos. Iba a subir al pódium igual. Esta vez sí, Lorena, pensé. Esta vez... sí.

Lo celebré con Lorena, que esta vez decidió ir “de paseo por Alcàsser, para ver el terme y tal”; con mis amigos y cheerleaders incondicionales; con mi madre y mi tía; con Rafa, que esta vez sí estuvo allí para verlo y disfrutarlo junto a mí; y con Lucia. Subí con ella a recoger mi trofeo. No sé quién de las dos era más feliz.


Allí arriba Sonia y yo coincidimos: aquí falta Rober. Porque lo conseguimos junto/gracias a él.

Para mí faltaba mucha gente más, que me ha ayudado de una forma u otra a llegar hasta ahí. Pero todos sabéis quienes son, quienes sois.

martes, 1 de mayo de 2018

Pongamos que hablo de Madrid (2/2)

Tras el primer día por la capital de España, llegaba el día de la carrera. Nos levantamos pronto, desayunamos lo de siempre y nos preparamos para ir a la zona de salida. 

He de reconocer que estaba nerviosa. Me habían hablado mucho de las cuestas de Madrid y el sábado ya me di cuenta de que la carrera sería dura. La llevaba estudiada. Y, además, esta vez no íbamos a hacer tiempo. Sino a disfrutarla. Fue la tal la imaginé. Y por ello la disfruté y la sufrí a partes iguales. Las subidas de la Castellana y del kilómetro 15 se hicieron eternas; en las bajadas aluciné con el río de gente que corría tanto el maratón como el medio maratón. 


Uno de los momentos más emocionantes de la carrera fue cuando nos despedimos de los maratonianos. Entre aplausos y ánimos, ellos se desviaban hacia las afueras de Madrid, mientras que nosotros nos dirigíamos hacia la meta. Guardamos fuerzas para el final y la última cuesta. Fue genial correr por una ciudad "desconocida". Pero, sinceramente, no hay nada como correr en Valencia.


Tras la carrera y la imposición de la medalla, nos fuimos a la ducha y a recuperar fuerzas. Desde hacía tres meses tenía hecha la reserva en el restaurante elegido para comer: Yakitoro by Alberto Chicote.

Entramos en el primer turno, a las 13:00 horas, y desde un primer momento nos dejamos aconsejar por el camarero.

Todos los platos los pedimos para compartir.

Empezamos con un arroz especiado asado al carbón en hoja de banano,


arroz blanco aliñado con sabores de oriente,


y ensalada con espinacas, queso manchego y salsa cremosa de tofu y hierbabuena.


Los tres platos, sinceramente, muy buenos.
Después ya llegaron los yakitori. De la tierra pedimos pequeñas patatas asadas con salsa brava.


Del agua, elegimos por unanimidad los buñuelos de bacalao con mahonesa de yuzu y chili.


De la granja, nos recomendaron el pollo lacado con salsa barbacoachina y guacamole; el pato confitado y crujiente con espinacas y naranja; y el pollo frito y crujiente con salsa agridulce cañí.





 Finalmente, De la Finca pedimos la entrecostilla de Wagyu lacado.


Me gustaron todos, excepto el pollo con salsa agridulce cañí que me supo a chorizo. El de bacalao y el de pato, los mejores.

En cuanto a los postres, pedimos crumble de manzana con helado de vainilla; cheesecake; frutas variadas de la estación con helado de cereza; brownie de chocolate, y helado de fresa y wasabi con helado de jengibre.






No sabría deciros cuál de todos estaba más bueno. El más "diferente", sin lugar a dudas" era el que llevaba wasabi y jengibre entre sus ingrediente. Pero no podría quedarme con uno en concreto.

La comida se cerró con un trato excelente y un precio más que asequible. En definitiva, un restaurante recomendado si viajas o estás por el centro de Madrid. 

De ahí, directos a Cookies & Cream. El local de Alma Obregon en la Calle Fuencarral. Nos habíamos ganado un buen cupcake. Y tan bueno. El mejor cupcake que he probado nunca: Un Red Velvet con crema de queso.


El muffin Bananatela también estaba buenísimo. Así como el cupcake Unicornio.


Después ya fuimos hacia Atocha a esperar la salida de nuestro Ave de vuelta a casa. Un viaje relámpago, tan aprovechado como agotador. 

viernes, 27 de abril de 2018

Pongamos que hablo de Madrid (1/2)



"Allá donde se cruzan los caminos
Donde el mar no se puede concebir
Donde regresa siempre el fugitivo
Pongamos que hablo de madrid"


Esta vez os pongo banda sonora y todo para explicaros cómo fue mi último viaje relámpago a Madrid. Fuimos en familia el fin de semana pasado para correr, el domingo, el Edp Rock'n'Roll Madrid Marathon & 1/2. Pero aprovechamos el viaje para comer bien y hacer algo de turismo por la capital.

Viajamos en Ave y nos hospedamos en Gran Vía Suites. Como siempre que viajamos con Lucia, buscábamos un apartamento céntrico y que estuviera cerca, además, de la zona de salida y meta de la carrera. Y esos apartamentos eran ideales. Llegamos por la mañana y dimos una vuelta por el centro: Gran Vía, Cibeles... no sabíamos dónde comer y, finalmente, elegimos un restaurante situado justo frente a las oficinas de Gran Vía Suites, en la calle Libertad. Nómada se llama el restaurante, que tanto por Google como por El Tenedor, tenía muy buena puntuación.

Como entrantes pedimos Tabla de Arepitas:


Unas arepas de cilantro rellenas de salpicón de pulpo criollo y aguacate que quitaban el sentido. Una mezcla de sabores entre fresco, cítrico, picante... exquisita.

También pedimos las patatas bravas marineras:


Unas patatas con salsa brava con fondo de gambas, acompañadas por camarones y un allioli de plancton muy suave. Diferentes. Y espectaculares. También, con un toque picante.

En cuanto a los principales, hubo para todos los gustos.

El lomo bajo de vaca, con patatas fritas con queso parmesano y aceite de trufa estaba muy jugoso. La carne estaba en su punto.


La jalea de marisco era un plato atrevido. Gambones, calamares y pescado blanco rebozado sobre puré de boniato y leche de tigre de maracuyá.


Yo me pedí un magret de pato con teriyaki de moras, marinado en café y achiote sobre quinoa roja y chips de yuca. El pato estaba en su punto y la salsa, para mojar pan. La base de quinoa enriquecía un plato muy completo.


El ceviche clásico, con dados de lubina, leche de tigre, aguacate y choclo también fue un plato atrevido.


En cuanto a los postres, optamos por un brownie de chocolate, con helado de naranja de sangre y pistachos crujientes que estaba muy bueno.


El pie de lima y albahaca con chocolate blanco también gustó mucho.


Así como el crumble de manzana y avellanas.


En resumen, salimos muy contentos del restaurante. Y con fuerzas suficientes para afrontar la carrera del dia siguiente. Y eso que por la noche fuimos a cenar a una Tagliatella cercana.

Fuimos a la de Calle Barquillo. Conseguimos mesa de milagro. El servicio, como cualquier restaurante de la cadena, muy bueno. Lo único que nos sorprendió es que los platos de pasta no son tan abundantes como los de Valencia. Pero son lo suficientemente grandes para una persona.

Lllegaba la hora de descansar y coger fuerzas para afrontar, el domingo, el medio maratón.